Busco a un hombre de amargos ojos verdes,
sombrías manos y palabras lentas.
Se extravió en el terror de una ciudad
nebulosa y fantástica,
cuando iba por una calle sórdida
sin salida y sin nombre,
como las que los locos atraviesan
en la glacial clausura de sus sueños.
Escuchad mi pregón, oíd mi alerta,
pues se ha extraviado un hombre
en la ciudad caótica y ya muerta.
a la agónica luz del farol amarillo,
que pendía del muro lacerado
como cabeza de guillotinado,
festejaba su cuita el organillo.
Y alguien bailó una danza ridícula y fantástica,
en la calle de la ciudad fantástica,
como si fuera un oso amaestrado
que saltara al clamor del estribillo.
Pávida flecha, desgarró la noche
la carrera fantástica de un coche
que nadie en la tiniebla conducía.
Y el coche de los muertos, ¿quién lo guía?
Asolación. Sobre el nocturno duelo,
turbio oscilar de llamas en la sombra;
un destino fatal que nadie nombra,
y la implacable soledad del cielo.
Escuchad mi pregón, oíd mi alerta,
pues se ha extraviado un hombre
en la ciudad caótica y desierta.
A la mísera luz del farol amarillo,
alguien tenía en venta el corazón.
"Dame dinero y te amaré esta noche",
clamaba en las penumbras el pregón.
Pero en el arrabal nadie sabía
quién estaba vendiendo el corazón,
ni quién tañía el trémulo organillo,
mientras pasaba arrebatado un coche.
Y el coche de los muertos, ¿quién lo guía?
Sombras, no más, en la ciudad fantástica.
Y alguien pasó, sin nombre, o con un nombre
que es semejante en su amargura al mío.
Era un muñeco de tinglado, un hombre
suspenso de una cuerda en el vacío.
A la última luz del farol amarillo,
gesticuló, cual oso amaestrado
que saltara al clamor del organillo.
Y bajo lo fatal que nadie nombre,
súbitamente se quedó sin cuerda;
y con la angustia del actor burlado,
hizo mutis de espanto por la izquierda
y se extravió en la sombra.
Se extravió en el terror de una ciudad
nebulosa y fantástica,
cuando iba por una calle sórdida
sin salida y sin nombre,
como las que los locos atraviesan
en la glacial clausura de sus sueños.
Escuchad mi pregón, oíd mi alerta,
pues se ha extraviado en la amargura un hombre.
Germán Pardo García
Colombia, 1902
martes, 24 de noviembre de 2015
UN HOMBRE SE HA EXTRAVIADO
miércoles, 1 de julio de 2015
viernes, 6 de febrero de 2015
Recital de Poesía
POESÍA AMOROSA versus POESÍA SOCIAL
Sábado, 14 de febrero de 2015
Sede del Grupo Cero
c/Duque de Osuna, 4 - Locales
28015 Madrid - Tlf.: 91 758 19 40
Etiquetas:
amor,
deseo,
Miguel Oscar Menassa,
poesía,
poesía amorosa,
poesía social,
psicoanálisis,
social
sábado, 22 de noviembre de 2014
NATURALEZA MUERTA de Germán Pardo García
¿Veis aquel árbol que en Europa,
en una cualquiera nación,
frente a Dunquerque o en las brumas
del taciturno mar sajón,
se levanta al cielo, amputado
por estallidos de cañón?
Miradle, mujeres británicas,
comandos de la muerte en pos:
no es sólo un árbol. Es un hombre
paralítico de terror.
¿Veis esa piedra que allá en Asia
sobre las cumbres del Kuen-Lun
en una aldea de Indochina
o en las márgenes del Yalú,
está empotrada en el desierto,
que hiere y mata con su luz?
Miradla, mujeres mongólicas,
ebrios soldados de Bakú:
no es una piedra. Es un espíritu
que sepultó la esclavitud.
¿Veis un camello que allá en África,
o en el remoto Kurdistán,
en las marismas cirenaicas
o en el betún de seco mar,
frente a los líbicos crepúsculos
agonizante y solo está?
contempladle, mujeres burmas,
tristes beduinos de Karak:
no es un camello. cual vosotros
busca el amor y quiere paz.
¿Veis ese olivo que en Judea
se está quemando en Tel-Aviv,
en Nazareth o en las escarpas
del hosco Monte Sinaí?
Miradle, mujeres semíticas,
obreros de Getsemaní:
no es un olivo: tiene sangre
de una crucifixión, y allí
sobre algún hórrido calvario
vuelve en tinieblas a morir.
Árboles, piedras y camellos
de Europa y de África y Tibet.
Hombres caóticos de América.
Bestializados que bebéis
petróleo en jícaras dolientes,
y licuaciones de corcel:
naturalezas sois heridas
por un castigo enorme y cruel,
y por vosotros tengo el alma
llena de soledad también.
en una cualquiera nación,
frente a Dunquerque o en las brumas
del taciturno mar sajón,
se levanta al cielo, amputado
por estallidos de cañón?
Miradle, mujeres británicas,
comandos de la muerte en pos:
no es sólo un árbol. Es un hombre
paralítico de terror.
¿Veis esa piedra que allá en Asia
sobre las cumbres del Kuen-Lun
en una aldea de Indochina
o en las márgenes del Yalú,
está empotrada en el desierto,
que hiere y mata con su luz?
Miradla, mujeres mongólicas,
ebrios soldados de Bakú:
no es una piedra. Es un espíritu
que sepultó la esclavitud.
¿Veis un camello que allá en África,
o en el remoto Kurdistán,
en las marismas cirenaicas
o en el betún de seco mar,
frente a los líbicos crepúsculos
agonizante y solo está?
contempladle, mujeres burmas,
tristes beduinos de Karak:
no es un camello. cual vosotros
busca el amor y quiere paz.
¿Veis ese olivo que en Judea
se está quemando en Tel-Aviv,
en Nazareth o en las escarpas
del hosco Monte Sinaí?
Miradle, mujeres semíticas,
obreros de Getsemaní:
no es un olivo: tiene sangre
de una crucifixión, y allí
sobre algún hórrido calvario
vuelve en tinieblas a morir.
Árboles, piedras y camellos
de Europa y de África y Tibet.
Hombres caóticos de América.
Bestializados que bebéis
petróleo en jícaras dolientes,
y licuaciones de corcel:
naturalezas sois heridas
por un castigo enorme y cruel,
y por vosotros tengo el alma
llena de soledad también.
martes, 14 de mayo de 2013
Todo sucedió tan rápido
Analía
Pascaner
Nació en Buenos
Aires. Reside en Catamarca, Argentina
Mi esposo me pidió que llevara un
abrigo y saliera de la casa porque se venía el agua. Mi mirada se paralizó en
su rostro, observé a mis hijos de tres y cinco años en sus brazos y sin
preguntar siquiera, alcé a mi bebé y seguí a mi marido. Nos abrimos paso y
caminamos entre la correntada hasta que alguien detuvo su camioneta para
sacarnos del barrio.
Salí de mi hogar para adentrarme en un
mundo de espanto y caos. En la calle me aturdieron el sonido de las sirenas y
los gritos desgarrantes. Por las calles circulaban en forma desordenada
ambulancias, coches de policía y otros vehículos, algunos con lanchas a
remolque. Unas personas corrían atropellando y pidiendo ayuda, otras
permanecían quietas gritando nombres. Familias abrazadas sin saber adónde ir.
Hombres encaramados en los techos de sus viviendas. Y la ciudad en tinieblas
bajo una lluvia torrencial.
El
agua: protagonista principal. El agua arrasando las pertenencias. El agua
borrando los recuerdos. El agua ahogando las ilusiones. El agua tragando los
hogares. El agua cobrando vidas. El agua, monstruo devorador que nos hundió a
todos en su gigantesco remolino de devastación.
Seguía
paralizada mientras me alejaba del horror. La angustia me invadió más tarde,
cuando nos encontramos amontonados en los patios y aulas de una escuela. La
tristeza al ver el rostro de quienes llegaban buscando familiares y se
marchaban desolados. La desilusión al observar el cielo gris plomizo cada noche
y comprobar que al otro día la lluvia nos acompañaría. La aflicción al conocer
la desesperación de quienes se quedaron en los techos y luego pedían ser
rescatados pues el agua helada ya cubría sus piernas. La impotencia al saber de
aquéllos que no tuvieron la menor posibilidad de salvación.
Por
las noches casi no dormía, abrazaba a mis hijos, sus caritas contraídas en un
sueño intranquilo. La tibieza del brazo de mi esposo sobre mis hombros me
envolvía con incierta seguridad. Me rodeaban rostros de desolación, tristeza,
dolor, impotencia, preocupación, rabia, soledad y el llanto desgarrador
constante. La ropa empezaba a formar parte de mi piel humedeciéndome hasta el
alma. A lo lejos una radio transmitía nombres de instituciones convertidas en
centros de evacuados y me recordaba que había gente desaparecida, así como
todos aquellos artículos que necesitábamos para sobrevivir en medio de esta
tragedia. Sin embargo las necesidades del corazón no se podían expresar, no se
transmitían por ninguna radio: nadie las cubriría, nadie taparía los huecos del
dolor.
Poco a poco nos fuimos acomodando y
reconociendo unos a otros, aprendiendo a convivir y a compartir. Pronto
reconocimos a quienes pretendían estar en un hotel y exigían cierta deferencia.
Otros sólo dormían: la forma más sencilla para no pensar, no sentir. La
solidaridad de la gente nos proporcionó algún tipo de bienestar físico y
también nos reconfortó, con su calidez nos secó la humedad del cuerpo y nos
acarició el corazón.
La bronca me estremecía cuando escuchaba
acerca de los saqueos cometidos por los buceadores
nocturnos. Retenía con mayor fuerza a mis hijos cuando observaba el rostro
deshecho de quienes no encontraban a sus allegados; mi pecho se cerraba cuando
una voz entrecortada rogaba: “por favor… tal vez hubo un error, por favor… tal
vez no lo vio en la lista, por favor… busque otra vez”. Todavía los escucho
clamar por sus seres queridos, todavía oigo el lastimoso “por favor… por
favor…”, con un deseo vívido en sus palabras: “por favor… hermano querido,
madre mía, hijo amado, que estés vivo por favor…”.
Ya pasaron varios días y el agua está
bajando. Algunas personas volvieron a sus casas para comenzar con la penosa y
lenta reconstrucción. Observo regresar vencidos a quienes susurrando cuentan:
“Afuera sólo hay barro y mal olor”; hablan de viviendas asoladas, saqueadas, y
lo poco que quedó se reduce a trapos, trozos de madera, suciedad y más
suciedad. Todo, todo destruido.
Sonrío cansadamente al mirar a mis hijos y
a mi esposo. Le agradezco a Dios, a la vida, al destino, por estar juntos y
vivos. Agradezco porque sobrevivimos a la desesperación, la angustia, la
impotencia y la tristeza de la pérdida material. Agradezco por la gente
solidaria, por el sol, por la vida.
Sí, todo sucedió tan rápido… Y aunque de
nuestra casa no queda absolutamente nada, me siento afortunada porque jamás
perdimos nuestro hogar.
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prosa
viernes, 10 de mayo de 2013
NEW HAMPSHIRE
Voces de niños
en el huerto
entre el tiempo de florecer y el tiempo de madurar:
entre la punta verde y la raíz.
Ala negra, ala parda, se cierne en lo alto;
veinte años y pasa la primavera;
hoy duele, mañana duele,
cubridme todo, luz de hojas;
cabeza dorada, ala negra,
agarrad, saltad,
brotad, cantad,
saltad hasta el manzano.
entre el tiempo de florecer y el tiempo de madurar:
entre la punta verde y la raíz.
Ala negra, ala parda, se cierne en lo alto;
veinte años y pasa la primavera;
hoy duele, mañana duele,
cubridme todo, luz de hojas;
cabeza dorada, ala negra,
agarrad, saltad,
brotad, cantad,
saltad hasta el manzano.
THOMAS STEARNS ELIOT
Estados Unidos-1888De “Poesía menores”
Estados Unidos-1888De “Poesía menores”
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Shomas Stearns Eliot
Blog de Ortografía de Alberto Bustos
Sencillo, muy clarificador:
http://blog.lengua-e.com/2007/asimismo-asi-mismo-a-si-mismo/
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