Puedo ponerme triste por aquello que nos diferencia y aquello que nos une.
Me identifico: Soy un hombre del sur Parado los vientos cálidos pasan por mi cabeza y los fríos por mis pies. Mis genitales miran hacia oriente donde nació mi padre donde crecen los linos donde el amor -me dicen- y los ríos son parecidos en el color y la frescura.
Conozco de los pasos hacia adelante y de los pasos hacia atrás de las peligrosas caídas y de los saltos hacia el cielo.
Jamás estoy solo. Los que vivieron antes que yo y de mi huyeron construyeron, construyeron lo que soy. Y si a tu lado me siento y suavemente te digo: sufro ¿me oyes? Alguien, no sé quién lo murmurará conmigo.
RAINER MARIA RILKE (Praga-1875) De “Primeras poesías ”
Hoy le ha entrado una astilla. Hoy le ha entrado una astilla cerca, dándole cerca, fuerte, en su modo de ser y en su centavo ya famoso. Le ha dolido la suerte mucho, todo; le ha dolido la puerta, le ha dolido la faja, dándole sed, aflixión
y sed del vaso pero no del vino. Hoy le salió a la pobre vecina del aire, a escondidas, humareda de su dogma; hoy le ha entrado una astilla.
La inmensidad persíguela a distancia superficial, a un vasto eslabonazo. Hoy le salió a la pobre vecina del viento, en la mejilla, norte, y en la mejilla, oriente; hoy le ha entrado una astilla.
¿Quién comprará, en los días perecederos, ásperos, un pedacito de café con leche, y quién, sin ella, bajará a su rastro hasta dar luz? ¿Quién será, luego, sábado, a las siete? ¡Tristes son las astillas que le entran a uno, exactamente ahí precisamente! Hoy le entró a la pobre vecina de viaje, una llama apagada en el oráculo; hoy le ha entrado una astilla.
Le ha dolido el dolor, el dolor joven, el dolor niño, el dolorazo, dándole en las manos y dándole sed, aflicción y sed del vaso, pero no del vino. ¡La pobre pobrecita!
Ella está sumergida en su ventana contemplando las brasas del anochecer, posible todavía. Todo fue consumado en su destino, definitivamente inalterable desde ahora como el mar en un cuadro, y sin embargo el cielo continúa pasando con sus angelicales procesiones. Ningún pato salvaje interrumpió su vuelo hacia el oeste; allá lejos seguirán floreciendo los ciruelos, blancos, como si nada, y alguien en cualquier parte levantará su casa sobre el polvo y el humo de otra casa. Inhóspito este mundo. Áspero este lugar de nunca más. Por una fisura del corazón sale un pájaro negro y es la noche -¿o acaso será un dios que cae agonizando sobre el mundo?-, pero nadie lo ha visto, nadie sabe, ni el que se va creyendo que de los lazos rotos nacen preciosas alas, los instantáneos nudos del azar, la inmortal aventura, aunque cada pisada clausure con un sello todos los paraísos prometidos. Ella oyó en cada paso la condena. Y ahora ya no es más que una remota, inmóvil mujer en su ventana, la simple arquitectura de la sombra asilada en su piel, como si alguna vez una frontera, un muro, un silencio, un adiós, hubieran sido el verdadero límite, el abismo final entre una mujer y un hombre.
OLGA OROZCO (Argentina-1920) De "Con esta boca, en este mundo"
Ella, un día, abriría sus puertas, para que yo entrara, por fin, a la vida. Joven príncipe entrando al palacio que le corresponde.
Yo crecía y mis amigos crecían y todo era esperanza.
Estábamos aniquilados por una ilusión:
Ella un día abriría sus piernas, sus puertas, sus ventanas y nosotros entraríamos en ELLA como ELLA en nosotros y, en ese instante, el reino de los cielos en la tierra, sería la cultura.
Con el tiempo, esperando y haciendo nuestras cosas, -esperando de día, haciendo nuestras cosas por la noche- fuimos transformando todas las ilusiones en banderas.
Salimos a la calle para gritar:
¡la cultura es nuestra!
¡la poesía al pueblo!
¡la mujer a la poesía!
Gritábamos de todo, después, percibimos los aullidos de Hiroshima, empobreciendo cualquier dolor. Dejamos de gritar. Con los dientes apretados, con una palpitación interior, increíble, como si la vida fuera eso, apretar los dientes.
En la quietud de ese silencio pasaron años.
Éramos empecinados, amábamos con fervor las ilusiones y esa pasión entre los hielos, fuego brutal que aún me sobrevive y canta en el propio centro del silencio mortal, -que me sobrecoge para matarme- una canción, última entre tus brazos.
Adiós, viejo deleite cuando niño y pensaba llegar a las estrellas. Mi señora, guardaré en mi corazón las huellas de haber hecho el amor con usted y algún día, no me lo perdonarán y, sin embargo, me confieso:
Yo fui feliz entre sus carnes de violetas
Cuántas veces un soneto hizo estallar mi corazón de porvenir.
Cuántas veces la armonía, la perfecta armonía, vuestro Dios, hizo que de mis ojos cayera una lágrima.
Y acunando a mis hijos, supe recitar, acompasadamente, de los grandes poetas, los mejores versos.
Y viajé por las sílabas buscando la longitud exacta de la noche.
Y calculé el destino de una vocal durante años.
Y me até a las palabras.
Y viví maniatado entre las hojas de los libros.
De seguir por ese camino me tocaba la gloria, más, una tarde, inexplicablemente, comencé a crecer.
Las palabras no cabían en las frases. Las frases se caían de la página.
Mis sentimientos agrandaban el corazón del mundo peligrosamente.
Y al caminar, tropezaba con las palabras y caía.
Una y otra vez.
Y las palabras se metían por mis ojos abiertos y me dejaban ciego, y ahí, precisamente, vacío de negruras, transparencia donde la blancura hace pensar en el infierno, la Poesía me tendió su mano y en esa algarabía, -borrachos de habernos encontrado- rompimos, trastabillando juntos, todas las barreras.
Ella deformó su ser en el encuentro y yo, entregué mi vida en el adiós.