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martes, 30 de enero de 2018

"UNA MUJER INOLVIDABLE" de Alejandra Menassa


Esto va por ti, alzo mi copa llena de besos,
y brindo por la belleza de tu nombre.
Mujer hacedora, junto a él, de pan, de versos y de hijos....
Tú, que te llamas Hipatia, tu padre, Teón,
rechazando creencias de la época,
te hizo ciudadana de la polis,
derecho exclusivo del otro sexo,
confió en tu inteligencia
y te ayudo a encontrar tu órbita
en las ciencias de los astros y los números,
un camino que abrirías tú también para otros,
porque el que tiene un saber y no lo dona,
en él se pudre, y se fermenta, y sus larvas devoran corazones.
Como pago, fuiste golpeada hasta la muerte,
una mártir más, como tantas,
por nada, por mujer sabia, algo que debe de estar
muy cerca del demonio
para la mente enferma y reaccionaria.
Tú que te llamas Christine de Pizan,
la oscura Edad Media se iluminó
con tu Ciudad de damas,
luchaste porque esa luz de lo femenino
brillara en todo su esplendor.
Heriste de muerte al amor cortés,
Y en la Querella, la inteligencia de ella
se midió con la de él, y después de haberse
dejado vencer tantos años…, hicieron tablas.
Tú que te llamas James Barry,
lampiño de agudo timbre de la armada inglesa.
Tus manos laboriosas de insigne cirujano,
develaron el misterio de nacer por cesárea,
y cuando te enterraron, tus papeles decían:
Margaret Ann Bulkley, y todos se asombraron,
ocultando el secreto, y signando tu lápida con
un nombre de varón: James,
pues se debía seguir manteniendo la falacia
de que las descendientes de Eva no estaban
capacitadas para el ejercicio de la medicina.
Tú que te llamas Marie Curie,
un alud de isótopos radiactivos
no hubiera superado tu refulgir.
No sólo fuiste la primera mujer Nobel,
sino que, por si quedaban dudas,
repetiste, hazaña que ningún hombre ha podido emular.
La física y la Química fueron la casa
En la que creció tu perspicacia.
Tu esposo, que urdía contigo magníficos
experimentos, obtuvo su Cátedra en París,
a ti te la negaron, obtusos comensales
de viejos prejuicios apolillados,
no les bastó ni el Nobel para obviar tu sexo.
Alice Guy,
¿Quién no recuerda a los Lumière,
Ellos inventaron el primer proyector,
pero no fue suya la primera película,
fue la dulce Alice la de la idea,
pero ¿para qué decírselo al mundo?
muchas de sus obras, las firmó
su ayudante, un varón de cuyo nombre
no me acuerdo, en las Historias del cine,
omitida en las más,
porque ¿cómo iba a ser pionera del cine una mujer?
Ada Byron, tu madre te alejó de la poesía,
hija de universal poeta maldito, por amor a tu padre,
descubriste la poesía de la matemática,
de tus manos laboriosas,
nació el primer hardware,
la informática moderna es hija de tu ciencia.
Pero ¿quién te conoce?
había que silenciar el femenil ingenio,
como estas tantas, tantas…,
y cada una, cada día, voz silenciada,
grita más alto, escribe más alto,
deja intensa, la huella de tu paso:
¡Es un pie de mujer! ¡Grita bien alto!

 

jueves, 14 de abril de 2016

CARTA A MÍ MISMA EN MI 57 CUMPLEAÑOS


Es preciso escribir, me digo,
preciso dejar que las letras
digan por mí lo que yo
no me animo a decir.

Estoy un poco más vieja,
no tan vieja como mi madre
ni como las viejas
que nos imaginamos
cuando decimos la palabra vieja.

Sólo que ya
no soy tan joven
como cuando tenía
otra edad.

No todo es la edad
y me doy cuenta
que vivo en otro mundo
y eso no sé
si es bueno o es malo.

Es, simplemente, otra edad.
Una edad en la que te sientes bien,
cuando las circunstancias lo permiten,
y puedes caminar con soltura,
y hasta correr (un rato, suavemente)
o saltar (a cierta distancia).

Una edad,
en la que una mujer,
yo, por ejemplo,
no sabe muy bien qué hacer.

Porque siempre hay mucho trabajo
y poco tiempo libre
y, además, los compañeros
están muy ocupados
en crecer y cambiar el mundo
y los amigos, son amigos
en alguna frase, en ese saber
que el otro está ahí y eso es importante.

Los padres envejecieron
como para no querer saber
de muchas cosas
y los hijos crecieron
como para ir haciendo su vida
que ya tienen una edad
y algunos deseos.

Y volvemos
a qué hace una mujer de 57 años
que no sabe qué camino ha de seguir
de ahora en adelante.

Para lo que creía servir,
no sirvo
lo que nunca había hecho
parece
que no se me da mal
pero no da de comer.

Estoy en una encrucijada
 y no sé qué hacer.

Seguir trabajando
eso no se cuestiona.

Seguir estudiando
mientras sea posible.

Seguir escribiendo,
eso no se cuestiona.

Seguir haciendo el amor
mientras las circunstancias
lo permitan.

57 años es una edad
que me puso contenta
y cuando llegaron
no sé qué hacer
con esa edad.

Un odio por las jóvenes
a las que achaco
que me quitaron algo
que yo tenía,
un hombre.

Y resultó
que el hombre estaba en mí
y era un hombre vacío
lleno de extravagancias
de miedos
de dolor.

Tendría que poder reconocer
que no fue sencillo cumplir
cincuenta y siete años
y que en el camino
hubo poesía,
y algo de psicoanálisis
que descubrí el amor
y que al dolor
le puse unas palabras
que lo hicieron
dolor humano.

Es como si no pudiese acercarme
a algún lugar desde donde
poder decir
que, a pesar de todo,
soy feliz.

Estoy contenta de haber elegido este camino
contenta de hablar con tantas personas
tan diferentes entre sí y conmigo
contenta de desear levantarme cada mañana
porque alguien en algún lugar me espera
porque alguna tarea queda por hacer.

A los cincuenta y siete años
pasan cosas
en el cuerpo
que no pasaban a otra edad
y cosas que pasaban
y dejaron de pasar.

Me doy cuenta
de lo cerca que estoy de los sesenta años
y me asombra que hayan pasado tantos años
y no ser una mujer gorda y con el pelo blanco
a pesar de estar tan cerca de esa edad.

Ahora ocurre que no sé
como ir cerrando esta carta
con forma de poema
que aunque no aclaró mucho
la cuestión
me permitirá decir que al menos
una carta escribí
dedicada a esta edad
tan novedosa.

Estoy viva,
eso me sorprende cada vez,
un poco más grande,
a pesar de no darme mucha cuenta
y un poco menos sonriente,
salvo cuando canto.

Eso si que ha sido un descubrimiento,
no sabía que cantar me daba tanta vida.
No sabía que era capaz de disfrutar
leyendo un poema,
que era capaz de escribirlo.

No sabía y sin saber
fui haciendo, y haciendo
algo fui consiguiendo.

Y me da alegría
darme cuenta
que cada poema
es como la primera vez
y eso quiere decir
que hay un lugar
donde no es importante
la edad.

Quiero decir
que siempre será posible
construir nuevas frases
que den paso a los cambios
que haya que ir produciendo,
que toda la dificultad que encontraba
al principio de la carta
debía consistir en pensar los años quietos,
inamovibles
cuando, por el contrario,
me encuentro con que están
llenos de vida
que hay que ir viviendo.

Y va llegando el final,
y eso es lo que más cuesta
si lo estás esperando,
si quieres que sea de una manera,
si no te conformas con que el final llega
y está escrita la carta.

Cruz González Cardeñosa